Después de Escila y Caribdis: iconografías de la pérdida y el reencuentro

Estudio de caso presentado en el I Congreso Nacional de Arteterapia de la FEAPA, Girona 2010

After Scylla and Charybdis: The Iconography of loss and reunion. Case Study.

Resumen:

Estudio de caso sobre el doble duelo de dos hermanas, que llegan a terapia por haber perdido a ambos padres en un breve lapso de tiempo, acudiendo la menor dos años más tarde que su hermana mayor. Cada una reacciona ante la pérdida, según su propio carácter, mientras comparten las emociones y sentimientos más universales del duelo. Arteterapia les permite expresar sus emociones y dar forma a su dolor.

Abstract:

A case study of a double bereavement experienced by two sisters, who came to therapy after losing both parents in a short period of time, the younger woman coming two years later than her older sister. In the face of loss, each sister reacts in accordance with her own character, while they both share more universal emotions and feelings of mourning. Art Therapy allows them to express their emotions and to give form to their grief.

Palabras Clave: Arteterapia, Duelo, Pérdida, fases o Etapas del Duelo.

Key words: Art Therapy, Bereavement, Mourning, Grief, Loss, Phases or Stages of Grief, Phases or Stages of Bereavement.

 

Introducción

Este doble estudio de caso es un proceso que se desarrolla a lo largo de tres años con dos hermanas. Acude a terapia primero la mayor, en el momento en que la madre está en el proceso terminal de un cáncer. El padre ha muerto un año y medio antes y ella está viviendo el duelo anticipatorio por la madre, sumado al proceso de duelo anterior.

La segunda hermana aparece en terapia dos años después, tras una sostenida etapa de negación y omnipotencia ante los sentimientos de duelo, que ahora ya no puede contener.

La primera imagen que ambas producen en sesión es la representación de un Maelstrom, simbolizando los sentimientos devastadores de la doble pérdida, sin saber nada la una de lo que hubiese en su momento pintado la otra. Esta imagen es la que da título al caso, puesto que es en forma de remolino succionador como se representa tradicionalmente a la Caribdis de La Odisea. Escila, “la que desgarra” y Caribdis, “la que devora” eran un escollo y un remolino situados en el estrecho de Mesina, dos obstáculos fatídicos que hubo de traspasar Ulises en su Odisea. Simbólicamente, representan la situación en la que apenas uno sale de una dificultad se encuentra con otra aún más grave, como ha sido para las dos hermanas la pérdida de sus padres en tan breve lapso de tiempo.

Arteterapia les ha facilitado poder expresar, contener y elaborar la avalancha de emociones en las que las sumergía el duelo por sus progenitores. El desarrollo de ambos casos nos lleva a un recorrido por las iconografías del dolor, del desamparo, la desorientación, el miedo a la propia muerte, la rabia… hasta el renacer de la esperanza y el descubrimiento de nuevas capacidades, en una, y el reencuentro interno con las figuras de apego perdidas, en la otra.                                                   

Figs. 1 y 2
Figs. 1 y 2

Del duelo y sus etapas

Cuando comencé el tratamiento con Anna, la hermana mayor, mi referente principal para comprender las dificultades del trabajo del duelo fue la teoría del apego de Bowlby y su visión de la pérdida. Los aportes de Marrone y Tizón amplían y matizan la aportación de este autor. También me interesé por la obra de Elizabeth Kübler-Ross, ya que Anna conocía su visión sobre la muerte y el duelo, hecho que nos permitía poder hablar de forma estructurada y directa de las vivencias que estaba teniendo.

En La pérdida afectiva, John Bowlby nos habla de cuatro fases en el proceso de duelo. Exceptuando la primera, son análogas a las que experimentan los niños pequeños ante la ansiedad de separación. Los mecanismos para afrontar la separación y la pérdida serían sustancialmente los mismos (Guic, 2007: 1).

― Fase de embotamiento

― Fase de anhelo y búsqueda de la persona querida

― Fase de desorganización y desesperanza

― Fase de mayor o menor reorganización

En la primera fase cuesta asimilar la pérdida y aparece un estado de shock, con anestesia afectiva, somatizaciones, accesos de angustia y llanto, pudiendo incluso aparecer estados de euforia[i]. No es poco frecuente la negación, mecanismo por el cual, desde lo cognitivo, tratamos de no percibir la pérdida o pretendemos que no la percibimos (Tizón, 2007:61). Suele tratarse de una etapa breve.

En la segunda fase, que Bowlby denomina de “anhelo y búsqueda” y Tizón de “aflicción y turbulencia afectiva”, se va haciendo patente la inevitabilidad de la pérdida, a la vez que emerge la añoranza y el anhelo de reencontrarse con la persona. Aparecen la pena y la tristeza intensas, así como episodios de ansiedad e inquietud. Se “siente” la presencia del ser perdido, a veces en estado de vigilia y otras en sueños. Va surgiendo la frustración y la rabia ante la evidencia de la imposibilidad del deseado reencuentro. Aquí Marrone[ii] señala que es normal y frecuente la aparición de una reacción agresiva contra el propio desaparecido, que surge del intento de recuperación del vínculo.

La tercera fase de desorganización y desesperanza es la más depresiva y apática. Se hace difícil el funcionamiento cotidiano y puede incluso llegar a aparecer la depresión clínica. La desesperanza surge de “la sensación de que hay cosas de que no tienen arreglo, de que la pérdida ha causado cambios o empobrecimientos irreparables” (Tizón, 2007: 71) De la desesperanza salimos cuando empezamos a atrevernos a recuperar recuerdos del ser perdido, aún a costa de revivir la añoranza y la melancolía. Así podemos, en palabras de Tizón, “olvidar recordando”[iii].

La última fase de “reorganización”, según Bowlby o de “recuperación y desapego”, según Tizón, implica una redefinición de diferentes aspectos de la vida, que incluyan la ausencia del ser perdido. Se acepta la pérdida y se pueden tolerar las emociones y los recuerdos. Se recuperan los vínculos habituales con el mundo y con los demás, mientras aparecen nuevas relaciones, nuevas habilidades.

Kübler-Ross propone para el duelo de un ser querido las mismas etapas que tiene que atravesar la persona que va a morir en su proceso de reconocer el hecho de su propia muerte. Estas son: Negación, Ira, Negociación, Depresión y Aceptación.

Ante la inevitabilidad de la muerte la mayoría de las personas reaccionan primero con una negación: “no me puede estar pasando a mi”. Si los que la rodean también niegan la realidad, la persona se siente muy sola.

Aparece la ira cuando se dan cuenta de que se están muriendo. Se preguntan “¿Por qué yo?”, y pueden sentir envidia de los que se van a quedar, porque están sanos y jóvenes. De esta etapa se pasa a la negociación, en la que se quieren hacer pactos con el tiempo, con Dios. “Si, me moriré... pero si pudiera...”

La depresión surge como necesidad de dolerse y llorar por la propia vida, por el apego al cuerpo, al yo, a la vida. Si se supera esta etapa, se llega a la aceptación: la persona reconoce que ha llegado su final y lo asume. Habiendo atravesado su cólera y tristeza, puede resolver los asuntos inconclusos y despedirse. Esa persona fallece con un sentimiento de paz consigo misma y con el mundo.

Refiriéndose a las etapas del morir y del duelo, Kübler-Ross, con gran lucidez, afirma que

”Nunca se concibieron para ayudar a introducir las emociones turbias en pulcros paquetes. (...) son instrumentos para ayudarnos a enmarcar e identificar lo que podemos estar sintiendo. Pero no son paradas en ningún proceso de duelo lineal. No todo el mundo atraviesa todas ni lo hace en un orden prescrito.”

(Kübler-Ross, 2006:23)

Comparto esta visión de Kübler-Ross a la hora de ver el duelo desde un modelo por etapas. Por experiencia con mis pacientes y con mis propias vivencias de duelo, las alternancias y saltos de unas fases a otras es frecuente; la riqueza de sentimientos que se vive no siempre encaja con precisión con el modelo y es importante estar abiertos a lo que emerge en cada momento para poder acogerlo y ponerle conciencia. Cada persona, según su manera de ser, sus experiencias y su contexto vital, vive con más énfasis unos aspectos del duelo que otros, en intensidad y en duración. Gracias al proceso de las dos hermanas, podremos apreciar esas diferencias.

                                                         

El duelo de Anna

Anna acude a terapia cuando su madre está en la fase terminal de un cáncer. Está haciendo el duelo anticipatorio, acompañando a una madre que vive de forma conciente el proceso de su propia muerte. Anna tiene 25 años, una vida estructurada y está haciendo su tesis doctoral como becaria en la universidad. Se ha separado de su pareja con la que llevaba viviendo dos años. El padre había fallecido un año y medio antes. En la primera entrevista admite que no puede más: siempre ha querido tener todo bajo control y ahora ya no puede hacerlo. Las emociones la sobrepasan, ya que son múltiples las pérdidas que tiene que afrontar.

Hasta los 18 años pintaba, pero lo dejó cuando se dio cuenta que lo hacía por complacer a su madre. Ahora la madre la incita a que vuelva a pintar, pero ella no está segura. No quiere presiones. Voy a tener que ser muy delicada con este asunto y trabajar con ella con el arte o sin él. Tardará unos tres meses en ser capaz de hacer arte.

La madre fallece después de la cuarta sesión y Anna está muy deprimida y baja de energía, con momentos de ansiedad. Pronto me percato de que el pensamiento de Anna es claramente visual y de que puedo trabajar con ella sus imágenes internas, a menudo a partir de los sueños que trae a la terapia. Va apareciendo su necesidad de controlar y su impotencia al no lograr contener la avalancha de emociones y ansiedades. A veces se siente acelerada, como queriendo huir de un vacío con el que conecta pero que no puede afrontar.

Dos meses después del la muerte de la madre, emerge la primera imagen (Fig. 1), después de haber conectado con el vacío en el plexo. ―Es el vacío que todo lo absorbe―, en sus palabras, y este día podemos hablar de ese vacío y de las ausencias que hay en su vida. En la sesión siguiente dice sentirse como un barco a la deriva, perdida. Su mayor referente ha sido su madre, para quien quiso ser la hija “perfecta” y contra quien también se rebeló.

En su duelo entra directamente en la turbulencia afectiva. Comienza a aparecer la rabia, que le resulta difícil de expresar; más bien la retroflecta y somatiza en tensión mandibular y en los hombros, en su deseo inconsciente de controlarla. También tendrá problemas de garganta, por no poder expresar, y aquel vacío en el plexo, que la conecta con el desamparo.

Mudo mi consulta a otro espacio, con más ambiente de taller que de sala de terapias. A Anna le gusta el cambio y la inspira a trabajar. Ha pasado el invierno y su duelo ha amainado un poco a medida que ha podido trabajar asuntos pendientes con la madre. Se ha hecho una ceremonia que la misma madre planeó y esto le ha movido muchas emociones, ya que no se sentía con ánimos de fiesta y lo hacía por complacerla, como la había complacido en vida.

Un día hace una mariposa en barro, que pinta de vívidos colores. Había visto el documental de Elizabeth Kübler-Ross, Acompañar a morir, que le inspira esta imagen. Cuenta Kübler-Ross, en su película, que en las vigas de madera de los barracones de Auswichtz se encontraron figuritas de mariposas, que los niños que iban a morir habían grabado con sus uñas. Alguien les había facilitado aquella metáfora de esperanza en la más oscura de las noches.

Se acercan las vacaciones y Anna comienza a recuperarse y a poder rescatar elementos positivos tras la pérdida, pero aún están por venir las etapas de mayor pesadumbre del duelo.

Retomamos la terapia y Anna está experimentando cambios en su vida. Su trabajo actual como becaria es demasiado abierto, para gusto. Lamenta no tener más estructura, ya que cuando se deprime no tiene ánimos para hacer nada. También la agobia un litigio legal para poder heredar la casa del padre. Se inicia la etapa más depresiva y dolorosa del duelo, donde experimenta la desorganización y la dificultad de llevar a cabo las tareas cotidianas, mientras la inundan sentimientos de dolor y de pesar. La melancolía despierta en ella el sentimiento estético. Pinta en colores oscuros, azules y grisáceos, imágenes muy conectadas a su sentir, que salen de lo más hondo de su ser. En esta etapa pinta el “Tsunami” (fig 3), que ilustra magníficamente la sensación de ser inundada por el oleaje de las emociones perturbadoras.

Figs. 3 y 4
Figs. 3 y 4

Estamos en Noviembre y su hermana le ha regalado un lanzamiento en paracaídas. La idea le atrae y le aterra fuertemente a la vez. Trabajamos la experiencia en terapia y a través de unas obras tridimensionales toma conciencia de su necesidad de seguridad y de su terror a caer en el vacío. El salto se va posponiendo por las condiciones metereológicas y en este período Anna recupera energías y va viendo cosas que quiere cambiar en su vida. En la sesión anterior al lanzamiento trae un sueño: está con sus padres y su hermana a punto de lanzarse en paracaídas; tiene mucho miedo al frío en las alturas y se retira, preocupada, por si su familia la esperará o se lanzarán sin ella. Reconoce su miedo a lanzarse y la invito a expresarlo artísticamente. Hace una pintura a la cera de colores fríos, inicialmente abstracta, en la que aparece la sensación de caída. En una segunda mirada ve aparecer una figura, que completa, y que resulta ser una imagen del diablo con una espada. Finalmente puede reconocer que su temor no es sino miedo a la muerte, la del otro y la propia.

El salto al vacío le da fuerzas, pero aún tiene que llegar al fondo de su depresión. Después de unas semanas de dejarse caer en el “no hacer”, algo que por carácter le cuesta, comienzan a aparecerle somatizaciones: una conjuntivitis y una inflamación de encías. Le hablo de que tras las inflamaciones puede esconderse la rabia contenida y ella se decide a volcarla sobre el papel. Comienza a garabatear con fuerza creciente, con un rotulador grueso, sobre un papel de formato 100 x 70, el doble del que suele usar (Fig. 5) Cuando para el garabateo, sigue estando inquieta. Colgamos el papel en la pared y la miramos juntas. Parece como si emergiera una figura a la derecha y Anna ve en ella el perfil de su madre. No es capaz de verbalizar rabia contra su propia madre porque se siente muy culpable. Le aseguro de que su sentimiento es lícito y frecuente en los procesos de duelo, y ella por fin se decide a hablarle a su dibujo: ―Te tengo rabia porque no estás cuando más te necesito en mi vida―. De nuevo ha conectado con el desamparo y el sentimiento de abandono, que había protegido con su rabia.

Figs. 5 y 6
Figs. 5 y 6

“La ira es fuerza y puede anclar, confiriendo temporalmente estructura a la pérdida”

                                                                                                             (Kübler-Ross, 2006:31)

A la sesión siguiente, comienza expresando la rabia en pintura roja y acaba transformándola en una fiesta carnavalesca al incorporar una figura danzante. Se ha liberado por fin el piso de su padre y ahora las hermanas pueden recuperar su legado y mudarse. La oleada de dolor se ha transformado en una explosión de energía: conectar con su rabia le ha dado las fuerzas para salir de la depresión y ahora ya puede abordar la fase de recuperación del duelo.

A partir de este momento su obra cambia. Comienza a explorar otras técnicas, más tridimensionales, como el collage con papeles de seda y mucho relieve, con el que hará una obra festiva que expresa su renacer al mundo. Los cambios en la obra reflejan los cambios en la psique de Anna, que va encontrando dentro de sí un manantial de creatividad y de recursos. Aparece una espiral naranja que liga con cordel y parece un corazón atado, que irá desatando de apoco a lo largo de varias sesiones, como símbolo de ese ir quitando capas de dolor al nuevo ser que emerge en ella. Cuando comience el proceso de su hermana Lucía, veremos como ambas comparten una imagen similar.

Tizón y Kübler-Ross[i] señalan el efecto que tienen determinadas fechas y celebraciones de remover los sentimientos de duelo. Llega Sant Jordi, la fiesta del libro y de la rosa, tan popular en Cataluña, poco después del primer aniversario de la muerte de la madre, y Anna hace la forma de la Fig. 6. Una rosa grande y una chica, con gotas de sangre, conviven con una suerte de forma serpentina y enroscada, de color negro, que a su vez cobija un corazón rojo y todo ello sobre una base marrón, que es la tierra que la sostiene, como la terapia la ha estado sosteniendo. Habla de la sangre, del dragón como lo que da miedo... el miedo al miedo. Recalca la importancia de la base marrón, para que puedan convivir la vida y el amor con el dolor y el miedo.

Por la brevedad de esta comunicación, no voy a extenderme mucho sobre esta rica etapa final en la obra de Anna. Sólo recalcaré que se entrega a hacer arte con un espíritu muy abierto y a menudo lúdico. Disfruta de hacer sin premeditar, sabedora que lo que sale de sus manos viene con un mensaje para su conciente, que se deleita en desvelar. Su obra se convierte en su espejo. Compone cuentos, crea adornos e indumentarias, figuritas mágicas en plastilina de colores, a medida que va descubriendo el manantial de capacidades que lleva dentro.

Las obras finales muestran la madurez que ha alcanzado gracias a su proceso de duelo. Vamos elaborando el fin de la terapia y la despedida, y sus obras combinan elementos que evocan sentimientos amorosos y vitales con otros que aluden al dolor de la pérdida, como en la rosa de Sant Jordi. Otras veces aparece el renacer, expresado en el uso del color y formas curvas llameantes, junto a la fragilidad, que se manifiesta en la elección de un soporte efímero y débil en demasía. Anna ha encontrado en la creatividad y el arte la manera de salir adelante con fuerzas renovadas.

En la última sesión de terapia, mientras recapitulamos contemplando sus obras, Anna expresa. “Fue necesario lanzarme al vacío para sumergirme en las profundidades y poder salir hacia afuera... después saldría el dibujo de mi madre.” Un proceso a través del vacío y hacia la vida.

 

El duelo de Lucía

Lucía ha pasado dos años negando su proceso de duelo. Ante la pérdida de los padres reaccionó haciéndose la fuerte, queriendo ver solamente el lado positivo y tratando en vano de sublimar sus pérdidas. Ahora admite que lleva dentro un dolor y un vacío que no desaparecen y se decide a ir a Arteterapia. En su primera sesión hace un corazón de alambre liado, al que tiene que añadir plastilina negra en la base, para que se sostenga erguido. Luego, para mi sorpresa, hace una espiral con mucho pastel y carbón, un Maelstrom sobre el que sitúa el corazón tambaleante. ―Tengo miedo de que esta “cosa” se pueda tragar al corazón, que está tan frágil― (Fig. 2)

Tiene 23 años cuando inicia la terapia. Está estudiando magisterio, más por complacer a sus familiares que por convencimiento. Ella quiere tiempo para saber lo quiere. Le gusta hacer cosas con las manos: ha aprendido el lenguaje de signos, hace reflexología y toca el piano. Es creativa, poco convencional y valora mucho su libertad. No le gusta que la encasillen.

Me habla de su nacimiento, revestido de un aura “especial”, porque que sucedió cuando pasaba el cometa Halley. Nació a los 7 meses por cesárea pero no la pusieron en la incubadora porque pesaba 2,5 Kg. La madre permaneció un mes enferma en el hospital y ella fue cuidada por el padre y los abuelos. Dice no haberse sentido vista por la madre y se ha acostumbrado a que tener que valerse por si misma. Desde esta primera falta de contacto con la madre ha desarrollado una actitud autosuficiente y una imagen de sí misma autoengrandecida, aunque la necesidad de la figura de apego es grande y poco reconocida.

La angustia tomar la decisión sobre si continuar sus estudios, dónde y de que forma, o ir en pos de un ideal de libertad. Se siente muy influida y presionada por las opiniones de los demás. En la sesión en que hace la obra de la fig. 7, Lucía se siente demasiado joven para las vivencias que ha tenido que pasar. Le gustaría ser como sus compañeros de clase, más jóvenes y con menos drama en su historia. Se pone positiva pensando que si le ocurre es porque está preparada para afrontarlo, como cuando no la metieron en la incubadora porque era suficientemente fuerte. Mientras canta va haciendo la obra, a la que llama “veleta” un instrumento que le indica de donde vienen los vientos, a la vez que señala una dirección. Indica también el peso que aún tiene su entorno en su toma de decisiones.

Figs. 7 y 8
Figs. 7 y 8

En las sesiones siguientes ve como ha disfrazado su dolor de una falsa alegría, gracias a una pieza muy festiva por fuera pero con una maraña de rafia negra por dentro. Este embrollo representa su dolor, con el que empieza a comunicarse, dándose cuenta de que no lo ha aceptado sino que le ha puesto condiciones. Decide hacerle un nido de arcilla y le pone delante una pantalla de celofán, para verlo desde ahí. Recuerda a una incubadora.

Durante dos semanas saca mucho llanto y en terapia se embarca en un collage harto complejo, que habría de reunir todos sus anhelos, su pasado, presente y futuro, y que no llega a completar porque se enoja y lo destruye. Podemos ver aquí una metáfora de la fase de desorganización y desesperanza. Citando a Tizón, cuando se refiere a los trabajos del duelo en dicha etapa: “Para que un duelo sea creativo, promueva el desarrollo y no la patología o los trastornos relacionales, hemos de ser capaces de trabajar con las emociones del dolor y de la pérdida” (Tizón, 2007:77 cursiva en el original).

Acaba haciendo un árbol seco con una maraña de rafia negra. Siento como esta imagen muestra la desolación por la pérdida innegable que ha sufrido y que ahora se permite afrontar.

―Más que ramas, parecen raíces al aire,― me dice, refiriéndose al árbol. ―Así es como me siendo, con las raíces desnudas.―

Su tránsito por la etapa tercera del duelo la lleva a poder dar el paso siguiente: reencontrarse con los padres internos. En una sesión en que llega más animada y un poco antes de la hora, comienza a tallar con jabón azul una especie de hojas que transformará en las alas de un dragón femenino (Fig. 9). Representa su lado femenino más sabio, que le dice que todo está bien y que confíe. Ha empezado a confiar en la terapia y en el proceso; reconoce que desde que viene está más tranquila y menos pendiente de lo que quieren los demás. En la sesión siguiente hace una forma de pez con las virutas de jabón de la sesión anterior. Le añade unas alas de plumas y ve que ahora tiene un dragón alado masculino (Fig. 10). Este día sería el cumpleaños de su padre, así que envuelve la serpiente en un celofán rojo, como si fuera un regalo. La invito a que le pregunte a la figura qué mensaje tiene para ella: ―Haz. Así de sencillo. Haz y no le des vueltas a la cabeza―

Figs. 9 y 10
Figs. 9 y 10

Después dirá que, cuando hizo estas piezas, tuvo una sensación de reconocimiento y de alegría. ―¡Ah! Estáis aquí...― Son ella misma, su parte sabia que la guía, como lo hacía la veleta, pero sin que la lleve el viento. Ahora se siente capaz de cuidar de sí misma y retoma la pieza del nido que he mencionado más arriba. Pinta la arcilla de colores vivos y añade la imagen de una semilla-corazón que germina, con unas hojas que son alas y unas raicillas. Ahora entiende que ser libre no implica, necesariamente, no tener raíces; y que estando arraigada no está prisionera. Finalmente, vuelve a colocar la maraña de rafia que representa su parte dolorida y frágil.

Se acercan las vacaciones de verano y no sabe si regresará a terapia en septiembre. Con ella el compromiso es día por día. Tiene que reestructurar muchas cosas en su vida a la luz de las comprensiones que está teniendo. Mientras sigue trabajando con su nido, añadiendo y retocando, se da cuenta de una frase que le ha marcado la vida: “Lucía puede con todo”. Rompe a llorar, rota por dentro. Sabe que no es verdad, que es una exageración, una sobrecarga y exigencia enormes. Ella también necesita sostén y no es la “Super-Woman” que soñó ser, desde su omnipotencia y pseudo-abundancia. Se da cuenta de que es igual a su madre en esto, quien también quiso poder con todo.

Sus últimas obras son un árbol con frutos en forma de corazones y una gran instalación en la terraza del taller, donde une y reúne todas las obras que ha producido en terapia, sobre un gran papel desenrollado en el suelo, en el que traza unas híbrido entre caminos y ramas que le permite conectar los demás elementos. Con este despliegue final, Lucía consigue dar una salida sana a su necesidad de hacer las cosas “a lo grande” y puede reunir las partes divididas de su ser.

 

Conclusiones:

Dado el carácter breve de esta comunicación, decidí desarrollar la fases del duelo ejemplificándolas a través de los casos, en vez de extenderme en las diferencias caracteriales de las dos hermanas y en la forma en que cada una vivía el duelo. Por el desarrollo de los casos hemos visto como Anna, se hace cargo de su propio duelo y, con el acompañamiento de la terapia, se atreve a ahondar en las profundidades de su psique, traspasando sus temores existenciales. Su dificultad está en soltar el control, tomar conciencia de las emociones reprimidas (rabia y miedo) y dejarse entrar en el vacío al que la abocan los sentimientos de abandono y desamparo, para salir al mundo con habilidades internas descubiertas, más allá del hacer orientado al logro y al sostenimiento de una imagen “correcta”.

Lucía, con trazos de apego ambivalente, dada su dificultad con el compromiso y la confianza, puede llegar a afrontar su dolor y a reconocer la auto-imagen magnificada de si misma, encontrando una guía interna que le permite una autonomía más verdadera y responsable. La terapia le permite un espacio de sostén donde puede aprender a sostenerse a sí misma y a acoger el dolor y sus partes negadas, como simboliza su trabajo plástico con el nido.

Ambas comparten las imágenes del Maelstrom y el corazón anudado, como metáforas de las emociones arrolladoras y del dolor a las que las aboca el proceso de duelo, que pueden explorar y transformar a lo largo de las sesiones. Ambas encuentran en la terapia un lugar de sostén y de amparo donde ir rescatando sus recursos internos para madurar, reorientarse y seguir a delante sin el apoyo de sus padres, que por edad les correspondería.

Por la brevedad de esta comunicación, quedan aspectos de la terapia que se podrían desarrollar con más detalle. Como hemos visto, la aparición y integración de las emociones del duelo no aparecen en la secuencia standard de las fases mencionadas en el apartado teórico, que no siempre se dan de manera lineal. Anna comienza a resolver su duelo cuando puede contactar con la rabia y liberarla, al final de la etapa depresiva. Lucía vive un tránsito intenso por la fase de desestructuración y apenas se sumerge en la fase depresiva, sino que enlaza con reencuentro con las figuras parentales en su interior simbolizadas por los dragones femenino y masculino.

Lo que se ha presentado no dejan de ser viñetas. En cada uno de los procesos hay aspectos importantes que quedan sin explorar en este estudio. Tuve que elegir y no siempre me fue fácil sacrificar imágenes y momentos de ambas terapias que merecían ser incluidas. El criterio que seguí fue escoger aquellos pasajes que mejor se ajustaban a un estudio de duelo por etapas. Faltó por ahondar en los procesos transferenciales y contratransferenciales que se presentaron; trabajar con los duelos de Anna y Lucía inevitablemente me removió mis propios procesos de duelo. Sentí que empatizar con sus sentimientos de duelo me requería mucha entereza y ecuanimidad, para ser capaz de acoger las emociones en la crudeza con que a veces se presentaban. También quedó en el tintero, desde lo artístico, el relacionar los cambios formales y de estilo, en los procesos artísticos de las hermanas, con las diferentes etapas del duelo, ya que ambos temas serían merecedores de otro estudio.

 

Bibliografía

Bowlby, J. (1980) La pérdida afectiva.   Buenos Aires: Ed. Paidós.

 

Bowlby, J. (1985) Una base segura. Buenos Aires: Ed. Paidós.

 

Connell, C. (1992) Art Therapy as Part of a Palliative Care Programme. Palliative Medicine, 6, 18-25.

 

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Guic, E. y Salas, N. (2007) El trabajo del duelo. Ars Médica. Revista de estudios médico humanísticos. Vol. 11, Nº 11

 

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Tizón, J. y Sforza, MG. (2007) Días de duelo. Encontrando salidas. Barcelona: Ed. Alba.

 

[i]              Según Marrone: “Es posible que aparezcan estados de euforia, ante alguna experiencia ilusoria de reunión con el muerto” Marrone, (2001) La teoría del apego: un enfoque actual. pág. 219

[ii]              Marrone, (2001), pág. 280

[iii]              Tizón, (2007), Días de duelo. Encontrando salidas, pág. 78.

[iv]              Tizón (2007), págs. 126-132; Kübler-Ross (2006) Sobre el duelo y el dolor, págs 125-129

 

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